Trabajar y cuidar

Hola, Consol

Muchas gracias por compartir tu artículo, y por poner en primer plano el tema de los cuidados, que tiene una importancia capital. La lectura de tu texto ha despertado en mí algunas reflexiones, que quizás te comente en detalle más adelante. En esta ocasión, me gustaría centrarme en un pequeñísimo fragmento de tu correo, para examinarlo in extenso: me refiero, en efecto, a lo que denominas «el debate entre producir y cuidar».

Vayamos por partes. Cuando decimos «producir», solemos referirnos, usualmente, a los empleos con los que, como suele decirse, nos «ganamos la vida», mientras que con «cuidar» habitualmente apuntamos al conjunto de las atenciones que dispensamos a las personas desvalidas, es decir, las que son muy jóvenes (niños, bebés) o dependientes (ancianos y enfermos), y, en muchos casos también, otras que no son para nada desvalidas, pero que, por costumbre inveterada, están acostumbradas a ser servidas en vez de a servir.

El feminismo ha sabido destacar, desde hace ya tiempo y con toda justeza, que esos cuidados, realizados en una amplísima mayoría de los casos por mujeres, son, también, en realidad, una forma de trabajo, aunque éste no sea remunerado, lo que constituye una tremenda injusticia, a la que deberíamos oponernos todos, y luchar contra ella.

A todo esto, con lo que estoy completamente de acuerdo, me gustaría añadir algunas consideraciones suplementarias, que, según creo, nos permitirán ampliar bastante nuestra perspectiva, de un modo que —espero— podamos terminar considerando beneficioso.

Veamos. «Producir» debería equipararse a la noción, más general, de trabajo, y no solo a la de empleo. En general, como solemos llamar «trabajo» al empleo (por ejemplo, cuando decimos «me voy a trabajar»), terminamos confundiéndonos y confundiendo una cosa con la otra, pensando que el trabajo puede reducirse al empleo. Pero eso es falso. Trabajo, stricto sensu, es cualquier actividad humana que modifique, la realidad, nuestra realidad (incluyendo en el concepto de «realidad» la realidad psíquica misma, claro está; de lo contrario, se haría muy complejo concebir el trabajo intelectual, el trabajo interior, el trabajo anímico).

Cuando cuelgo un cuadro en la pared de mi casa, estoy llevando a cabo un trabajo. Cuando voy a comprar al supermercado, estoy llevando a cabo un trabajo. Cuando voy a visitar a mi tía, estoy llevando a cabo un trabajo. Cuando converso con mi mujer para suavizar ciertas rispideces que han atravesado nuestro vínculo en las últimas semanas, estoy llevando a cabo un trabajo.

Los dos últimos ejemplos quizás nos resulten un poco chocantes: ello se debe a que no estamos habituados a pensar de ese modo, a aplicar esas categorías de trabajo a los vínculos sociales. Solemos idealizar esos vínculos, y hacerlos depender de variables morales («hay que llevarse bien con los familiares, especialmente con tu tía, que siempre te quiso mucho») o de conceptos como el amor romántico («estoy muy enamorado de mi mujer»). Pero, si lo consideramos con detenimiento, veremos en seguida que es literalmente imposible ir a visitar a la tía sin realizar algún tipo de trabajo (desplazarme hasta su domicilio, llamar a la puerta, darle conversación, etc.). Y, aún, observaremos también que saber hacer lo necesario para que, con la pareja, cuando se la tiene, nos vayan las cosas bien, es algo que da mucho trabajo. Eso, en realidad, lo sabemos todos. «Hombre, es que dicho así...», dirá alguien. Pues eso.

Son cosas que hacemos, y que modifican nuestra realidad: ahora tengo el cuadro colgado, la nevera llena, la tía contenta, y la relación con mi mujer está tranquila.

En general, cuando uno es dueño de su trabajo, debería trabajar tan solo en cosas que mejorasen su realidad. Eso, lamentablemente, no siempre sucede: cuando uno es tonto, por ejemplo, o neurótico, o está mal aconsejado, o es rehén de ideas equivocadas, bien puede poner una gran parte de su capacidad de trabajo en llevar a cabo actividades que acaben por perjudicarle.

Cuando uno no es dueño de su propio trabajo, en cambio, por ejemplo cuando está ejerciendo un trabajo asalariado, la perspectiva que acabamos de presentar suele ir difuminándose, hasta convertirse en inasequible: uno ya no sabe bien, entonces, para qué sirve aquello por lo que percibe sus emolumentos, o bien piensa que lo que le hacen hacer es algo directamente inútil, cuando no ridículo, o inmoral, o dañino; y en otros casos siente que habría mil cosas mejores que hacer que aquellas que le han sido ordenadas, pero, por lo que parece, las autoridades (la jefa, o la jefa del jefe, o bien la empresa toda, etcétera) no comparten nuestra visión de lo que es útil, bello o conveniente.

Hay además otro problema: el valor que yo añado a lo que pasa por mis manos se lo apropia quien me paga, de modo que, en el mismo acto de trabajar, soy desposeído de eso. Y ese aspecto es muy frustrante, psicológicamente, más allá de otras consideraciones que se pueden hacer sobre el asunto, desde la perspectiva de la economía política.

Entiéndase bien lo que estoy diciendo. Comprendo perfectamente que quien está facilitando las condiciones de mi trabajo tiene que poder beneficiarse, a cambio, de eso. Pero si ella se queda con todo el valor que yo añado a aquello que proceso en mi producir, yo ya no puedo experimentar el hecho de que mi trabajo añade valor, valor al mundo, y eso no es bueno ni para mi sentir, ni para mi concebir. No es bueno, ni para mí, ni para el mundo.

Sería como si yo tuviese una conversación de cuatro horas con mi mujer y, en vez de que mejorase nuestra relación, mejorase la relación que ella tiene con su amante. «Eh, sí; pero no te quejes, ¿eh?; bien que has cobrado».

A mí no me compensaría.

Sería como si fuese a visitar a mi tía y, después de pasar dos horas en su casa, ella empezase a llevarse mucho mejor con su perrito.

Sería como si, después de ir al supermercado, la que tuviese la nevera llena fuese mi vecina. Como si, después de colgar el cuadro, este apareciese, mágicamente, colgado en la pared de mi suegra.

«Eh, pero cobras, ¿no? ¿De qué te quejas?». Ah, es que si del valor que yo añado nada puedo quedarme, quizás tenga la cuenta bancaria a rebosar, pero resulta que lo que ya no tengo es vida. Ya no tengo cabeza; ya no puedo pensar cómo funciona el trabajo, pues resultaría demasiado insoportable hacerlo. Ya no puedo entender, ni tener una buena relación, con el único mecanismo que tenemos, nosotros, los seres humanos, para modificar la realidad. Se ha estropeado mi intelección del mecanismo de modificación de la realidad, mi relación con ese mismo mecanismo, mi capacidad de afectar y modificar la realidad.

¿Verdad? Porque la única manera que conocemos de modificar la realidad es trabajar. La única. Por lo que sabemos, rogarle a San Pascual Bailón, o a San Apapucio Trompetero, no suele funcionar demasiado. Ni a la Moreneta, ni a Ganesh, ni a Shiva Nataraja, todo hay que decirlo.

La única manera que conocemos de modificar la realidad es trabajar. A la inversa, cuando modificamos la realidad, estamos trabajando, nos demos cuenta de ello o no, lo concibamos así o de otra manera. Y lo que parecería razonable sería que nuestro trabajo nos ayudase a mejorar nuestro mundo, no que trabajásemos en empeorarlo, o que trabajásemos de tal modo que lo que añadimos como valor no pudiésemos ni verlo ni concebirlo ni apreciarlo, y que en cualquier caso no nos perteneciese en absoluto.

Pensemos ahora las cosas desde esta perspectiva. Quedo con mi amigo, y tengo una magnífica conversación con él; nos sinceramos, aclaramos algunos temas que nos distanciaban; nos ponemos de acuerdo en qué sucedió ese día determinado, que fue un poco difícil para los dos. He mejorado el vínculo con mi amigo; he mejorado yo, pues ahora soy mejor persona y estoy más cerca de mi amigo; he contribuido, también, a mejorar a mi amigo; el mundo ha pasado a ser mejor, después de mi trabajo. Por supuesto, mi amigo también ha trabajado. Los dos lo hemos hecho, y los dos nos apropiamos del fruto de nuestro trabajo.

Obsérvese aquí algo, que no suele resaltarse lo suficiente: yo me puedo apropiar del fruto de mi trabajo sin desposeer a mi amigo del fruto del suyo: hay suficiente, por así decir, para los dos. Es más: el mundo, como ya he señalado, ha pasado a ser también mejor, puesto que los dos somos ahora mejores personas, mejores ciudadanos. Cada uno puede gozar del fruto de su trabajo sin desposeer al otro, y de todos modos queda suficiente beneficio para lo social.

El fruto del trabajo, cuando se sitúa en el plano relacional, en el plano vincular, no es partitivo, sino multiplicativo. Si tengo una hogaza de pan, o la como yo, o la come mi amigo, o la come una tercera persona, o nos la repartimos, entre algunos o entre todos, pero no puedo comerla toda yo, y que, a la vez, la coma toda mi amigo y que, aún a la vez, quede algo para que se lo coma un tercero. Pero mis vínculos no son hogazas de pan: si yo mejoro, mejoro yo, pero les va también mejor a los demás que me rodean, ellos también mejoran.

Si mi amigo mejora, mejoro yo, porque paso a tener un mejor amigo. Si mejoro yo, mejora mi amigo, porque pasa a tener un mejor amigo. Mi bien es indistinguible del bien de mi amigo, y el bien de mi amigo es indistinguible de mi bien. Cuando trabajo para mejorar a mi amigo, en realidad estoy trabajando para mí. Y, cuando trabajo para mejorarme yo, en realidad estoy trabajando para todos.

La diferencia entre egoísmo y altruismo es un error epistémico (además de un truco, más bien rastrero, que suelen utilizar primero nuestros padres, y más adelante otros familiares más tardíos, para intentar imponer su voluntad frente a la nuestra).

No hay nada privado, puesto que todo tiene efectos sobre los demás. Ni hay nada que sea solo público, puesto que todo tiene, también, efectos sobre mí.

Cuando cuido al otro, estoy mejorando la vida del otro y, por tanto, también estoy mejorando la mía. Estoy trabajando por su bien, que es también mi bien: por el bien común.

Esto se ve con claridad cuando cuido a un bebé, a un niño: lo cuido, sí, pero espero que eso le ayudará a crecer, a ser uno más, entre otros, en la labor de mejorar el mundo. Yo me beneficiaré, cuando ese niño crezca, de que sea mejor de lo que hubiese sido si no lo hubiese cuidado (tengo que saber cómo hacerlo, eso de cuidarlo; pero esa es otra historia). Puedo gozar de ayudarle cuando lo cuido ahora, pero además estoy mejorando su mundo y el mío, el mundo común, el bien común.

Cuando cuido a un anciano, estoy mejorando la vida del anciano. Pero también estoy mejorando la mía, podré contar por más tiempo con su sabiduría y su experiencia, o con su afecto. Estoy trabajando para cuidarlo, y mejoro su vida y la mía, la vida de todos, la que tenemos en común, la única que existe.

Si creo que estoy cuidando, por ejemplo, a un anciano, y que no me voy a llevar nada, o bien no quiero a esa persona, o es un hijo de puta que, en realidad, no merece ser cuidado. Entonces, eso que estoy haciendo ya no es cuidar, sino una aberración.

Cuando trabajo, cuando, como tú dices, «produzco», estoy mejorando mi mundo. Si se apropian de todo el valor que yo añado, tengo un problema, un serio problema. La sociedad toda tiene un problema. Mejorar mi mundo es cuidarlo. La producción tiene que ser un cuidado. Si lo único que obtengo, a cambio de mi trabajo, es un salario, pero no puedo sentir que estoy mejorando mi mundo, eso que estoy haciendo ya no es trabajar, sino una aberración.

Y cuidado que no estoy defendiendo ninguna de esas tonterías de moda, que también son aberraciones, y bien grandes por cierto, como el llamado «salario emocional», o la idea de que la empresa te va a ayudar a tener una «misión» o un «objetivo». La autoayuda es muy mala, produce imbéciles, muertos vivientes, zombis. ¡Si hasta está entrando en las empresas! Eso es manipulación emocional: las empresas contratan psicólogos para manipular a los trabajadores, y a esa sección de manipuladores de bajo nivel, que suelen estar, además, bastante mal pagados, considerando el trabajo horrible que tienen, la llaman, no se sabe muy bien por qué, de «Recursos Humanos».

Trabajar es mejorar el mundo que nos rodea, es cuidarnos a nosotros mismos, es cuidar a los demás, es cuidar el mundo. Lo único que tenemos es nuestra capacidad de trabajar, no tenemos ninguna otra cosa, no existe ninguna otra cosa. Trabajar no es el empleo. Trabajar, aunque sea duro, es siempre gozoso, en última instancia, porque sé que estoy mejorando mi mundo. Para preservar la propia salud mental, deberíamos intentar que lo que nos da de comer no nos arrebate la totalidad del valor que le añadimos a las cosas. Es nuestra responsabilidad el hacer eso, pero también es un problema social, político, el organizar el mundo de tal modo que esa desposesión no sea, como sucede ahora, algo casi universal. Y es que uno debería luchar por la felicidad de los demás: a fin de cuentas, es solidaria de la propia, por no decir indistinguible.

«Ande yo caliente, y ríase la gente». ¡Vaya idea demente, mendaz y repulsiva! Cuando yo sea el único caliente, en un mundo de muertos de frío, ¿con quién voy a conversar?, ¿a quién voy a amar? El egoísmo, cuando no se comprende que es indistinguible del altruísmo, no es solo un pecado. Es un atentado contra los demás, contra la existencia del único mundo que tenemos, el mundo que compartimos. Y, también —además de una cosa muy fea—, una gran estupidez.


Josep Maria


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