Asistentes hieráticos


Publicado el 5 de diciembre de 2025.
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[...] como profesor de universidad soy testigo directo en los últimos años de la disminución en la capacidad cognitiva, de análisis profundo, argumentación y asimilación, de muchos estudiantes y muchos profesores.

Es así como dices. La mayoría de nuestros alumnos son psicólogos y, como en la facultad ya hace años que les examinan por multiple choice, hace años también que salen de la carrera siendo unos perfectos analfabetos funcionales. Esto es sabido, otros ya lo han dicho, en este mismo hilo.

Como entre nuestras responsabilidades está, para los que lo solicitan (cuando los aceptamos, claro), formarlos como conferenciantes, nuestro trabajo se vuelve improbo.

Pero desde hace unos diez o quince años, estoy observando otras cosas, que me preocupan profundamente: el contacto visual de muchos de los más jóvenes se ha vuelto muy extraño, algunos ya no saben mirar a los ojos, y la gran mayoría, además, parece haber perdido la expresión facial. Ya no «ponen caras», cuando están en clase o en una conferencia: su expresión es todo el tiempo la misma. Uno recibe la sensación de que en determinado momento, van a levantar una mano, blandiendo un mando a distancia: pulsarán un botón, y uno va a ser instantáneamente substituido por el oso Yogui, en el parque de Yellowstone, diciéndole a Bubú, como escuché una vez en valenciano, mientras pasean, «Guarda, Bubú, eixe cà està famolenc!».

Se trata de un fenómeno que me resulta extraordinariamente enervante, porque estaba acostumbrado (y me parece una excelente costumbre) a poder basarme en el feedback que te va dando el público, para poder ir modulando, sobre la marcha, lo que tengo que decir. Siempre he creído que dar clase no consiste en transmitir unos supuestos «contenidos», que en muchos casos pueden encontrarse en Internet, sino en permitir que algo acontezca en el encuentro con los alumnos, algo que nunca podrá reducirse a «un video de YouTube», o «un contenido».

Si alguien está pensando que lo que digo es «psicológico», «ideológico» o «metafísico», lo sacaré en seguida de su error: no es lo mismo follar que ver porno. ¿Verdad que se entiende muy bien? Pues, con las clases, es lo mismo. Exactamente lo mismo.

Pero la gente parece no darse cuenta. Como con Zoom, eso es terrorífico. Das una conferencia, vienen treinta, y veintiocho apagan la cámara. No sabes si te están mirando, se han ido a pasear el perro, están haciendo una siesta, o han aprovechado la ocasión para tocarse un poco. Es francamente siniestro, y es también la contrapartida de ese contacto visual extraño al que me referí al principio.

«Es el signo de los tiempos, habrá que adaptarse», dirá algún ingenuo, quizás algún tecnoptimista. Y yo no estaré de acuerdo, para nada. «Poner caras» no es una costumbre rara de los boomers, sino el precio que uno debe pagar, el precio que le es requerido, para que una conversación sea algo que acontece entre dos personas. Le pongo caras al otro para mostrarle lo que produce en mí lo que me está diciendo: sorpresa, dificultad, irritación, risa, cansancio, maravilla, excitación, repugnancia, susto... Aprendo a hacer eso de pequeño, y lo hago de un modo inconsciente, pero lo hago siempre. Negarle al otro mis expresiones faciales se solía hacer, antes, cuando uno quería molestar realmente al otro: es como retirarle el amor. O cuando uno está siendo interrogado por un jefe, o por un familiar idiota, o por otra forma de policía, y se niega a confesar: intenta ocultar sus procesos interiores, que no se te mueva ni un músculo, tú no dejes traslucir nada, a fin de cuentas, el que resiste gana.

O quizás, más simplemente, lo que suceda sea que, de tanto ver pantallas, han olvidado ya cómo vincularse con el otro. Ya no hay vínculos, como dice Bauman, sólo conexiones y desconexiones, instantáneas, fugaces, rápidas, que se quieren sin consecuencia. Quedo con la chica, me acuesto con ella, y después la bloqueo en todas mis redes sociales.

Están los psicópatas, que son los que bloquean: son cada vez más. Y están los y las que sufren por ello.

Es un desastre, realmente. Y no es el mundo en el que quiero vivir.


Josep Maria


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