Sobre el culto a la personalidad, el principio de autoridad, y otras cosas así

Mis padres me mandaban cada día a un campo de concentración monosexual, en la falda de la montaña de Vallvidrera. Durante los seis últimos años tuvimos como tutor a un curita, el Padre Armando, que además de tomista era poeta.

Como era tomista (de Santo Tomás de Aquino, el padre de la filosofía escolástica), discutíamos con habitualidad de teología. Por ejemplo, yo le preguntaba: «Padre, si hubiese una catástrofe que terminase con la vid y el trigo en la tierra, ¿se podría comulgar con otras especies, por ejemplo el chicle y la Coca-Cola?», y él me contestaba: «¡Exactamente! ¡Muy bien, Blasco!». Y es que el curita nos acababa de explicar que, en la transubstanciación, las especies son contingentes. Mis compañeros, después, en el recreo, me decían: «¡Cómo se la has jugado!». Pero, no, no; yo lo había dicho en serio: me interesaba la teología.

Todavía me interesa. Me viene ahora a la memoria la famosa boutade de Lacan, que dice que los verdaderos ateos son los teólogos, porque toman a Dios como objeto de conocimiento. Pero dejémoslo, que quería contar otra cosa.

Ah, sí; del Padre Armando, estaba hablando. Pues eso, tomista y poeta: como era poeta, nos dedicábamos, ¡a los 14 años!, a hacer comentarios de texto del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz: el alma, frente a lo Absoluto, siempre aparece en posición femenina, y la caballería, que «a vista de las aguas descendía», representaba a los sentidos, frente a la tentación, etcétera. Cuando, más tarde, Amancio Prada hizo su versión musical, lo seguí con mucho interés, y lo disfruté mucho. ¡Qué época!

Ya que había que ir cada día al campo de concentración, al menos, que te enseñasen algo que valiese un poco la pena.

En fin, a lo que iba. A veces uno (podía ser yo mismo, o cualquier otro) no estaba de acuerdo con algo de lo que habían dicho, y manifestaba su oposición. El cura solía responder del siguiente modo: «Vamos a ver, ¡señor mío! Si Santo Tomás, que fue uuuno delosinteleeeectos masgraaandes cayanexistido, ¡jamás!» —aquí se excitaba bastante, y entonces se le empezaban a quebrar y a juntar las palabras de una forma un tanto extraña—; «estableció que las cosas eran como lesa-cabo-dede-cir, ¿cómo puede Usted imaginarse que suopi-nioooón, la opinión dusted, ¡que no es más cun niño!, pueda siquiera medirse con la de ese grandísimo San toy Doc tor deliglesia? ¿Acaso piensa Usted que puede comparar su intelecto con el del padre de la Es-co-laaaaás-ti-ca?». Y en esta vena solía seguir, durante un rato largo; en general, demasiado. Uno, mientras tanto, se iba entreteniendo con otras cosas, pensando por ejemplo en el toto de San Toto-Más, así como en el Santo ese, que se ve que era de aquí, ¿no?, y cosas similares, cosas por el estilo, cosas así, un poco totó-totó, totó-totontas.

Un argumento parecido al que utilizaba el Padre lo podemos encontrar en la angelología del Pseudo-Dionisio, o en la idea del apofatismo gnoseológico, que explica magistralmente Raimundo Pannikar en su (por cierto muy recomendable) El silencio de Dios: aunque Dios no es cognoscible para nosotros, porque nuestro aparato de conocimiento no está dotado de la capacidad de conocerlo, es perfectamente concebible que existan otros seres, dotados, ellos sí, de aparatos de conocimiento superiores a los nuestros (por ejemplo, determinados seres angélicos, por eso la referencia al Pseudo-Dionisio), de modo que puedan albergar esa forma de conocimiento, y conocer, de ese modo, a Dios. Spoiler: al final, resulta que el apofatismo gnoseológico termina siendo un poco cutre, porque, entre los apofatismos, el que realmente mola es el ontológico, que dice que no podemos conocer a Dios porque no hay nada que conocer.

Bueno.

No quiero ponerme condescendiente, pero, viendo algunas cosas de las que escribís, voy a tener que dar la siguiente

Definición (Argumento de autoridad). Un argumento de autoridad es una forma de falacia consistente en defender que algo es verdadero porque lo ha dicho alguien que, en un sentido cualquiera, es importante.

Los argumentos de autoridad, también conocidos como argumentum ad verecundiam o magister dixit, son falacias lógicas. ¿Qué quiere decir, que son falacias lógicas? Que la obtención de conocimiento mediante la utilización de ese argumento es un proceso falible.

Aunque hace mucho tiempo que se sabe que los magister dixit son falacias, la cultura mainstream los sigue utilizando con profusión: se recurre una y otra vez a «los expertos», se dice de alguien que «es una autoridad en la materia», etcétera. Últimamente, las redes antisociales han dado con una nueva forma, particularmente insidiosa, de argumento ad verecundiam: «soy nutricionista y esta es la cena que te propongo», «soy minero, y si sigues haciendo esto terminarás con una silicosis que te cagas, o sea, pero taponadísimo, oyes», y así sucesivamente.

El argumento de autoridad, en su forma más fuerte, tiene, pese a ser una falacia, una cierta lógica: es mucho más probable que sea verdadero un enunciado de Leibniz, de Hilbert, o de Gödel, relativo a las matemáticas, que un enunciado cualquiera sobre el mismo tema proferido por la nuera de mi inspector de Hacienda, que es auxiliar administrativa. Lo de «relativo a las matemáticas», aquí, es esencial: es muy probable que los posibles enunciados de Gödel relativos a si la tortilla de patata se hace o no con cebolla (¡pues claro que sí!), en caso de haber existido, no tuviesen la misma probabilidad de ser verdaderos que los relativos a las matemáticas.

En su forma más débil, los argumentos de autoridad dependen ya sólo del grado de autoridad que se le atribuye a la persona, y no del área de saber o de experiencia de aquél que los profiere. Las redes nos dan sobrado ejemplo de este tipo de recurso, verdaderamente repugnante: «los tres libros de Bill Gates se llevará a la playa este verano», «qué le susurró Steve Jobs al pavo asado el día de Acción de Gracias», y otras cosas similares. Califico de repugnantes estos argumentos, porque, como debería resultar diáfano, que una persona sea, supongamos, un genio del fútbol no tiene ninguna correlación con que sus opiniones sobre otros temas, como por ejemplo la política, tengan el más mínimo sentido, y ya no digamos que puedan resultarles interesantes o útiles a alguien.

Por eso cuando les preguntan a los deportistas por cosas que no son el deporte, en muchos casos terminan diciendo unas tonterías espantosas. Lo mismo sucedería, para ser sinceros, con los matemáticos; lo que pasa es que, en términos generales, a nadie se le ocurre preguntarles a los matemáticos cosas que no tengan nada que ver con las matemáticas.

En el límite, en la forma más inflacionada del argumento de autoridad, todo lo que dice o hace esa persona «con autoridad» pasa a ser, se supone, de gran interés. A mí, por ejemplo, el Discover del Google me muestra, un día sí y otro también, las decisiones de inversión de Warren Buffet. De verdad. Y eso que ni soy inversor en bolsa, ni tengo participaciones de Berkshire Hathaway, ni me interesa particularmente el tema, ni nada, nada de nada. Pero se ve que Discover piensa que sí que me interesa.

Y, en cuanto a Bill Gates, Steve Jobs, Elon Musk, Mark Zuckerberg y otros más, pues, nada, todos los días me tengo que zampar noticias de gran interés, como cuántas horas duermen (¡es prodigioso!, ¡muy pocas!; claro, así se han convertido en millonarios), qué comen, que leen, qué le dijeron a un empleado díscolo un día que caía un granizo bastante fuerte, y otras cosas así.

Es tremendo. El argumento (y lamento tener que decir que he visto que algunos de vosotros lo utilizáis — ¡arrepentíos!, todavía estáis a tiempo de regresar al seno de la Humanidad civilizada) es, en su forma desnuda, el siguiente: el Sr. X. es muy importante en algo (tiene un premio Nobel, o ha inventado algo estupendo, o ha ganado muchísimo dinero); por lo tanto, todo lo que dice este señor tiene una importancia equiparable al merecimiento por el que ha conseguido su notoriedad.

Putin se exhibía a caballo, con el torso desnudo. ¡Culto a la personalidad! ¡Dictadura inmunda! ¡Qué vergüenza! O Maduro, o Kim Jong-Un, etcétera. ¡Fatal, inaceptable!

Elon Musk gana muchísimo dinero poniendo cohetes en órbita. ¡Vayamos a ver qué opiniones tiene sobre su hija trans, seguro que son increíblemente buenas, bellas y verdaderas! A fin de cuentas, todo el mundo sabe que fabricar cohetes es exactamente lo mismo que estudiar teoría de género, pero sin la parte woke.

Un poco de historia: el argumento de autoridad, en última instancia, tiene que ver con Dios: Dios es la máxima autoridad, y sus dictámenes y sus estipulaciones son, por eso mismo, universales, infalibles e indiscutibles: literalmente, van a misa. Nietzsche y Freud —notorios izquierdistas los dos— lo explicaron con toda claridad: los sedientos de autoridad no son otra cosa que nostálgicos de una época marcada por el imperio de la religión.

Ahora, también, un poco de ciencia:

Proposición (Lema de la Imbecilidad Universal): Una persona cualquiera es imbécil, hasta que no se demuestre lo contrario.
Demostración. La ratio de imbéciles es muy alta o, dicho en un lenguaje más técnico, de imbéciles está lleno (cat.: n'està ple). Por lo tanto, cuando me encuentro con una persona nueva, lo más probable es que se trate de un imbécil. QED.

Así que, a priori, lo que diga alguien X. va a ser, con toda probabilidad, una tontería. ¿Verdad? Me da igual que X. sea un genio en A; si es un genio en A, escucharé, quizás, con un poco de atención lo que X. tenga que decir relativo a A; pero sus opiniones relativas a B las miraré con el mismo respeto que tengo, a priori, por las opiniones de los demás humanos (es decir, de entrada, ninguno). Y, aún, las opiniones de X. relativas a A las deberé, también, examinar una por una: que hasta ahora todo lo que haya dicho X. relativo a A sea verdadero no nos permite deducir que la siguiente proferencia de X. relativa a A tenga que ser a su vez verdadera. Es el viejo problema de la inducción de Hume.

En fin. Hasta luego, niños. Cuidaos de los magister dixit, que os podéis volver tontos, pero muuuy tontos, sin daros casi cuenta, y de lo más deprisa. Y mucho, mucho cuidado, también, con los anisotrópicos: escriben cosas, censuran, y, algunos, ¡hasta son delincuentes! Y, ya para terminar: no leáis periódicos comunistas, hombre. Como La Vanguardia. A ver si vais a terminar votando mal.


Josep Maria


Copyright © 2008-2025, Josep Maria Blasco. Esta web funciona con ooRexx y con RexxHttp.